En realidad, la
llamada generación del 27 fue un grupo poco homogéneo; habitualmente se les ha
solido ordenar por parejas o tríos. Así, por ejemplo, los poetas del neopopularismo o
neopopularistas, Rafael Alberti y Federico García Lorca, dentro de una nómina
que fue particularmente bien nutrida, intentan acercarse a la poesía de Gil Vicente y
del Romancero,
o a la lírica cancioneril, buscando fuentes populares
y en el folclore de la lírica tradicional; algo de ello hay también en
la aproximación que hizo Gerardo Diego,
después de su etapa creacionista, a la lírica de Félix Lope de Vega gracias a la edición
que hizo en ese tiempo José Fernández Montesinos.
Por otra parte, hay
dos catedráticos de filología hispánica que comparten
intereses comunes y que incluso fueron amigos y tuvieron trayectorias muy
parecidas, pues no en vano su poética es
fundamentalmente afirmativa y optimista; se trata de Jorge Guillén,
cuya obra poética se recoge bajo el título Aire nuestro y está
marcada por la poesía pura a lo Paul Valéry y
formada por cinco libros (Cántico, Clamor, Homenaje, ...Y
otros poemas y Final), y Pedro Salinas,
el gran poeta del amor del 27.
El grupo surrealista está
más nutrido, pero destaca especialmente el premio nobel Vicente Aleixandre, seguramente el más
original, ya que, según Cernuda, «su verso no se parece a nada», y el que ha
venido a ser el poeta más influyente de la generación durante la última mitad
del siglo XX, el ya citado Luis Cernuda.
Sin embargo, hubo otros poetas del 27 que notaron el impacto surrealista y que
poseen etapas en su evolución marcadas por esta estética: Rafael
Alberti, por ejemplo, compuso la última sección de Sobre los ángeles y Sermones y
moradas en versículo surrealista y Federico García Lorca asimiló su
impacto en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, Poeta en Nueva York y los Sonetos
del amor oscuro. Una etapa surrealista posee, por ejemplo, José María Hinojosa con su La flor
de Californía (con acento en la i) y Emilio Prados.

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